Mi encuentro y relación con la danza

Solo – 2012

Cuando tenía 19 años, creía que ya era demasiado grande para comenzar a danzar.

Cuando tenía 18 años comencé una formación en teatro que duró 3 años, a los 19 conocí la danza contemporánea, a través de una bailarina cusqueña, que basaba mucha de su técnica en movimientos del ballet clásico, como las posiciones, aberturas, extensiones, pero claro con una mayor libertad de movimiento e improvisación. Hacer el taller fue un poco frustrante para mi, porque no tenía una preparación física adecuada para ésta técnica y como consecuencia para la danza, eso era lo que pensaba en ese entonces. En fin, me choqué con esa frustración y concluí que a mis 19 años era demasiado tarde para comenzar a hacer danza, así que la dejé y continué haciendo teatro, pensando que no me exigía una gran habilidad física, otro error de entonces, pero ese no es el tema hoy.

A los 23 años conocí a la mamá de una amiga que era una ex bailarina y profesora de ballet clásico, que se había formado, si mal no recuerdo, en la escuela nacional de ballet de Perú.  Nos propuso a mí y a otras dos amigas, incluída su hija, darnos lecciones de ballet clásico en modo gratuito, era una super propuesta, así que aceptamos. Comenzamos con tres lecciones a la semana, lunes, miércoles y viernes, 2 horas al día, sino era más. Debo decir que era una persona apasionada de la danza y de transmitirla, pasión que nos contagiaba en cada lección. Recuerdo aún ahora las lecciones, las zapatillas que compramos con entusiasmo, ella las compró en Lima, porque en Cusco no habían. Instaló unas barras y un espejo en la sala de su casa, aunque al inicio en lugar de barras utilizabamos sillas. Recuerdo con cariño esos dos años, porque pude sentir la entrega de una persona en hacer algo que amaba. Pasaron como dos o tres años, y cuando terminé la unversidad, las cosas cambiaron, me alejé una vez más de la danza. Ésta vez también con la idea de que ya era demasiado grande para hacer ballet clásico, aunque había logrado muchos avances y veía cambios en la estructura de mi cuerpo. La frustración de sentir que nunca iba a llegar a realizar todas las posiciones, saltos, giros de manera perfecta, me desconsolaba, en fin una vez más ganaron la espectativa y la frustración. Años más tarde volví a hacer algunas lecciones con ella, pero ya no con la misma frecuencia que los dos primeros años, aunque su disposición y apertura siempre fueron las mismas. Vi que tenía más alumnas y alumnos y seguía dando clases en su casa y aún había alguien que recibía las clases de manera gratuita.

El 2009, un día, que podría decir, cambio mi relación con la danza y mi cuerpo danzante, que tenía hasta entonces, un amigo me habló de un taller de Flyng low, con un bailarín que venía de Lima. El taller sería por tres meses, los meses de vacaciones en Perú (Enero, Febrero y Marzo), así que dije que sí, que me interesaba. Fueron tres meses en los cuales poco a poco los días y las horas de ensayo se fueron extendiendo no solo por la pasión y gusto de bailar, sino también porque el trabajo debía terminar con una muestra publica, y así fue. Con esta técnica aprendí a aceptar las posibilidades y limitaciones de mi cuerpo. Si bien hacíamos coreografías, éstas de alguna manera se adaptaban a las posibilidades de cada cuerpo, no había la rigidez que había encontrado en el ballet clásico, donde una postura debía hacerse de un modo único, claro debía entrenarme y mejorar las posibilidades del cuerpo, pero a pesar de eso podía bailar. El modo de entrar en contacto con el piso, en ésta técnica, me permitía tomar conciencia del movimiento, de las partes del cuerpo, de la estructura osea y de las articulaciones. El cuerpo se movía con mayor libertad.

A partir de esta experiencia comencé una rutina de entrenamiento para mejorar mi resitencia fisica y flexibilidad.

El 2012, hice un taller de un año, con una bailarina francesa que vive en Cusco. Cuando comencé ésta experiencia mi relación con la danza ya era más estrecha, ya había comprendido por experiencia y no por concpeto, que el cuerpo cambia, se modifica, se vuelve más inteligente, conforme lo entrenas y alimentas de experiencias diversas. Las lecciones se basaban en calentamientos coreografados, práctica de desplazamientos, giros, saltos, movimientos acrobáticos, coreografias, imprivisaciones, etc. Fue un año de entrenamiento intenso, porque fisicamente era bastante exigente, en ésta ocasión también se hizo una muestra publica. Este año de práctica le dio a mi cuerpo, posibilidades nuevas de equilibrio, fuerza y flexibilidad.

No tuve otras experiencias significativas con la danza hasta el 2018, sin embargo en esos años, me dediqué a la antropolgía que es mi otra gran pasión y a conseguir una maestría. El 2018, viviendo ya en Italia, me pasó algo maravilloso, conocí el CIMD – Centro Internacional de Danza y Movimiento, la escuela de Franca Ferrari con su técnica y su modo de trabajar. Había encontrado algo que buscaba sin saberlo, cada una de sus lecciones eran y son un laboratorio de investigación. Muchas veces me he sentido maravillada de cuánto se puede observar, analizar, experimentar y comprender “solo” a partir de una caminata, por ejemplo aspectos como el peso, dirección, transmisión, escucha, contacto con el espacio.  Recuerdo una de las tantas frases que Franca dijo durante una práctica, “La práctica que hacemos no es para mejorar los movimientos que ya conocemos, es para descubrir el movimiento en sí”. Claramente éste era el modo en que yo quería continuar descubriendo la danza, así que comencé una formación de dos años en su escuela. Formación que se ha visto paralizada, al segundo año, por la pandemia y crisis mundial que vivimos actualmente, que está golpeando al mundo en diversos y múltiples aspectos, siendo uno de ellos el sector de las artes escénicas.

Regresando a nuestro tema, encontré entonces, lo que es para mí la danza ahora, un espacio de investigación y observación interminable, al mismo tiempo descubrí que la danza para mí es una necesidad y mi modo mejor de conectarme con la vida.

01.05.2020

 

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